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Relatos de Sueños

Explora los confines de la mente con historias de sueños tan vívidos como inquietantes.


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Bonji234

El colgado

Era verano de 2010 cuando llegamos a la casa de mi abuelita en Ecatepec, Estado de México. Saludé a mi familia con normalidad. Mi abuelita, una mujer de carácter fuerte pero con un corazón noble, nos recibió y nos mandó al segundo piso para que escogiéramos habitación. Mis hermanos mayores, como era de esperarse, se apresuraron a adueñarse de la mejor habitación. A mí me dejaron con el cuarto que antiguamente solo servía para guardar los adornos de Navidad y otras festividades. Desde el primer momento, aquella habitación me hizo sentir incómodo, como si su ambiente cargado de años de abandono pudiera respirar por sí mismo. En ese entonces tenía miedo de estar solo y, peor aún, de dormir solo. Traté de convencer a mi hermano mayor de que me dejara quedarme con ellos, pero él simplemente cerró la puerta sin molestarse en escucharme. Conforme el sol desaparecía y las sombras invadían la casa, el pasillo comenzó a teñirse de un aire pesado, como si algo invisible estuviera vigilando cada rincón. Me senté en el suelo, dudando entre buscar a mis padres o quedarme allí, cuando escuché unos pasos lentos que venían subiendo las escaleras. El sonido resonaba en el pasillo vacío, cada pisada amplificaba mi nerviosismo. Cerré los ojos, mis manos temblaban. Entonces, una voz familiar rompió el silencio: "¿Pasa algo?". Con el corazón acelerado, abrí los ojos y me encontré con mi primo, quien había venido a pasar unos días con nosotros. Una ola de alivio me recorrió. Ahora al menos no estaría solo en esa habitación. Mi primo y yo nos pusimos a platicar. Le confesé mi miedo y él, con una sonrisa tranquilizadora, me dijo que no había de qué preocuparse; él estaría conmigo. Después de algunas risas y bromas que relajaron el ambiente, nos dispusimos a dormir. Entramos al cuarto, nos cobijamos y apagamos las luces. Todo parecía estar en calma hasta que desperté bruscamente a eso de las 2 a.m. El cuarto estaba extrañamente frío, como si el verano hubiera sido arrancado de la noche. Miré hacia el ventanal, donde la luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar el vidrio polvoriento. Sentía una opresión en el pecho, un presentimiento de que algo estaba mal. Fue entonces cuando la vi: una figura oscura, suspendida frente al cristal, meciéndose lenta y macabramente. Una soga se enroscaba alrededor de su cuello, tensándose con cada balanceo. Quise gritar, pero el miedo me paralizó. La figura se balanceaba, deteniéndose de vez en cuando como si me estuviera observando, antes de retomar su movimiento inquietante. Desesperado, giré hacia mi primo y traté de despertarlo. Lo zarandeé con fuerza y susurré su nombre repetidamente, pero él no se movió. Seguía profundamente dormido, como si el frío y la opresión del cuarto no le afectaran. Al ver que no reaccionaba, me invadió una sensación de soledad absoluta. No pude dormir el resto de la noche. Permanecí acurrucado bajo las cobijas, con los ojos fijos en el ventanal, esperando con cada fibra de mi ser que amaneciera. Cuando por fin salió el sol, le conté a mi primo lo que había visto. Pero él no me creyó. Me dijo que seguramente todo había sido un mal sueño o que me lo había imaginado. Intenté insistirle, pero al final dejamos el tema y seguimos con nuestras cosas como si nada hubiera pasado. Durante el día, todo parecía tranquilo, pero, cuando llegó la noche y nos preparamos para dormir otra vez, los dos sentíamos una inquietud que no podíamos explicar. Esta vez, mi primo no se mostró tan seguro como la noche anterior. Como a las 2 de la madrugada, el frío volvió, helando cada rincón del cuarto. Mi primo se despertó de repente, y al verme, sus ojos estaban enormes. "¿Lo ves?", me dijo casi en un susurro. Giré la cabeza hacia la ventana, y ahí estaba otra vez. La misma figura oscura, balanceándose con esa cuerda en el cuello, moviéndose igual de aterrador que la noche anterior. Ninguno de los dos podía apartar la mirada. Nos quedamos despiertos toda la noche, sin decir una sola palabra, viendo cómo esa cosa continuaba con su macabro balanceo, siendo testigos de algo que no tenía explicación. Con el tiempo, mi tío empezó a notar el miedo que teníamos hacia ese cuarto y lo que contábamos sobre el ventanal. Un día decidió revisar bien por qué se veía ese movimiento. Después de un rato, se dio cuenta de que había una rama que, con el viento, parecía balancearse justo enfrente de la ventana, creando la siniestra ilusión que habíamos visto. La cortó sin dudarlo y, al principio, todo volvió a la normalidad. Pero, como si algo oscuro habitara en ese lugar, un día regresó. La sensación de ser observado, el frío inexplicable y esa figura inquietante en la ventana volvieron a aparecer. Esta vez, no había rama alguna que pudiera explicar lo que veíamos. Su presencia era más opresiva, más real. El balanceo de la figura era más lento, como si quisiera asegurarse de que la viéramos con claridad. Fue la última noche que pasamos en ese cuarto. Después del fallecimiento de mi abuelita, la casa se vendió. Hasta el día de hoy, no sabemos qué pasó realmente, pero la historia de esa casa quedó marcada como un misterio que siempre nos acompañará.

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El Charro Negro: La Leyenda

El Charro Negro, una figura mítica del folclore mexicano, es descrito en algunas versiones de la leyenda con ojos rojos brillantes, acentuando su naturaleza sobrenatural y demoníaca. Esta característica no solo resalta su conexión con lo maligno, sino que también añade un elemento visual que hace más aterradora su aparición en los relatos. En ciertas regiones, el Charro Negro es considerado un protector de haciendas y territorios rurales. Se cree que actúa como un guardián que defiende estos lugares de intrusos y ladrones. Esta faceta de la leyenda lo presenta como una figura ambivalente, con una función protectora a pesar de su oscuro origen. La aparición del Charro Negro es vista como un mal presagio por muchos. Su presencia se interpreta como un anuncio de desgracias o la muerte inminente de alguien cercano. Esta creencia ha mantenido viva la leyenda en la cultura popular, ya que el miedo y el misterio que rodean al Charro Negro continúan siendo relevantes en las comunidades. La leyenda del Charro Negro ha perdurado a lo largo del tiempo, transmitiéndose de generación en generación. Su historia es comúnmente narrada en las noches oscuras y solitarias, reforzando su papel en la cultura popular mexicana. Esta persistencia demuestra la importancia de las leyendas en la identidad cultural y su capacidad para mantenerse vigentes. Video: https://www.youtube.com/watch?v=jBQOYewSJzc&list=PLQfsD9CZ-3pPArauAxO4O-ORYNNKXwMpx&index=2

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El Char Man

Hola, ahora les traigo una leyenda urbana que se dice, sucede en un lugar en los Estados Unidos. Esta historia proviene de California, específicamente de un rincón oscuro cerca del San Antonio Creek, en el condado de Ventura. Se trata de un personaje llamado Char Man. Cuenta la leyenda que, hace muchos años, un devastador incendio forestal arrasó la zona, consumiendo todo a su paso, incluidas algunas casas. En una de esas casas, un hombre y su hijo quedaron atrapados en medio del fuego. El padre intentó desesperadamente salvar a su hijo, pero ambos sufrieron terribles quemaduras. El padre no resistió y murió, pero el hijo, aunque gravemente herido, sobrevivió... pero a un precio muy alto. Dicen que, después del incendio, encontraron al joven en un estado casi irreconocible, con la piel completamente carbonizada. La tragedia y el dolor lo quebraron mentalmente, y se escondió en el bosque, lejos de la mirada de la gente. Desde entonces, se convirtió en lo que conocemos como el Char Man: una figura oscura, carbonizada, con un aroma a carne quemada que, según dicen, aún ronda los alrededores del puente sobre el San Antonio Creek. Las personas que han tenido la valentía (o la imprudencia) de caminar por esa área en la noche afirman haber sentido una presencia detrás de ellos, pesada y sofocante, como si el humo del incendio aún estuviera en el aire. Algunos incluso dicen haberlo visto: un hombre con la piel quemada, pidiendo ayuda con una voz ahogada, cargada de dolor y desesperación. Otros afirman que lo han escuchado gritar en la distancia, gritos desgarradores que hielan la sangre. Ya sea que creas o no en este tipo de historias, algo es seguro: los habitantes locales prefieren no andar por ahí después del atardecer.

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La Sombra en el Río: La Trágica Historia de La Llorona

Había una vez una mujer joven, de belleza serena y profunda tristeza, cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. Vivía en un poblado humilde, cerca de un río que reflejaba su pena en noches de luna llena. Su vida, simple y tranquila, cambió cuando conoció a un apuesto noble español. El amor surgió entre ambos, un amor apasionado que prometía un futuro brillante. De esa unión nacieron dos hijos, a quienes ella amaba con todo su corazón. Pero la felicidad fue efímera. Un día, su amado le anunció que debía casarse con una dama de alta alcurnia, pues su familia así lo exigía. La noticia fue un golpe desgarrador para la joven madre, y su amor se transformó en dolor y resentimiento. En su desesperación, sus pensamientos se tornaron oscuros, y una noche, impulsada por un frenesí de angustia, llevó a sus hijos al río. Sin darse cuenta de la realidad de su acto, los dejó caer en el agua helada, y las pequeñas figuras se esfumaron en la corriente. Al recobrar la razón, el peso de su acto cayó sobre ella. Desesperada, buscó a sus hijos en las aguas, pero no halló más que el silencio. Desde entonces, su espíritu quedó atrapado en esta tierra, condenada a vagar en busca de aquellos a quienes había perdido. Se convirtió en La Llorona, una figura pálida y fantasmal, envuelta en un vestido blanco que ondea al ritmo del viento. Algunos dicen que La Llorona vaga por los ríos y lagos de México, buscando en vano a sus hijos. Su lamento desgarrador resuena en las noches frías, un "¡Ay, mis hijos!" que hiela la sangre de quienes lo escuchan. Quienes la oyen saben que su aparición es un presagio de infortunio, pues se dice que La Llorona se siente atraída hacia aquellos que también han experimentado pérdida o tristeza. Hay quienes creen que ella no solo es un alma errante, sino una advertencia para quienes ignoran el poder del dolor y el remordimiento. Cada noche, su figura esfumada surge en el borde de las aguas, repitiendo una búsqueda infinita, como si en algún rincón de esos ríos o lagunas pudiera hallar la redención.

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La Pata de Mono III - Final

La noticia golpeó a la familia con una crudeza devastadora. La esposa, rota por la tristeza, se retiró a la habitación, incapaz de asimilar la tragedia, mientras que el padre se quedó en la sala, sosteniendo con manos temblorosas las 200 monedas, aquellas mismas que habían pedido la noche anterior. El recuerdo de la pata de mono y el siniestro deseo les parecía ahora una burla cruel. Horas después, en un intento desesperado por encontrar consuelo o explicación a lo ocurrido, el padre sacó la pata de mono de su bolsillo. La examinó en silencio, lleno de amargura y desesperación. "No puede ser una coincidencia", pensaba. Su corazón, en un estado de profunda agitación, se negó a aceptar la realidad de que su propio deseo había desencadenado la muerte de su hijo. Aquella misma noche, el padre se sentó junto a su esposa, ambos agotados y sumidos en la desesperación. En medio de la oscuridad y con lágrimas en los ojos, la esposa miró la pata de mono y sugirió que tal vez, con otro deseo, podrían recuperar a su hijo. A pesar del miedo y la desconfianza que el objeto les inspiraba, el dolor de la pérdida era aún más fuerte que su temor a las posibles consecuencias. Temblando, el padre alzó la pata de mono por segunda vez. Con una voz apenas audible, deseó que su hijo regresara a casa. La pareja esperó en un silencio aterrador. Pasaron los minutos, y el único sonido en la casa era el tictac del reloj en la pared. Cuando la medianoche se acercaba, escucharon algo. Un golpe sordo, luego otro, y otro, cada vez más cerca. La esposa, al reconocer aquellos sonidos, corrió hacia la puerta con una mezcla de esperanza y pavor. Pero el padre, preso de un terror indescriptible, intentó detenerla. Sabía, en el fondo de su alma, que lo que estaba al otro lado de la puerta no era el hijo que habían perdido, sino algo mucho más siniestro. A pesar de sus advertencias, la mujer abrió la puerta. Allí, en el umbral, se encontraba su hijo. Pero su apariencia era desgarradora: su cuerpo aún mostraba las marcas del fatal accidente en la fábrica, donde había sido atrapado en los engranajes de una máquina. El rostro, desfigurado, apenas dejaba entrever al joven que había sido; su piel era pálida y sus ojos vacíos. Era su hijo, pero al mismo tiempo, era algo mucho peor, algo que no pertenecía al mundo de los vivos. En un último acto de horror y arrepentimiento, el padre alzó la pata de mono por tercera y última vez. Con un grito ahogado, deseó que aquello desapareciera para siempre. El silencio se hizo en la casa. Al abrir los ojos, el padre vio que el umbral estaba vacío, y la puerta se cerró lentamente. Todo rastro de su hijo, de su deseo, y de la pata de mono había desaparecido, dejándolos solos con el vacío de la pérdida y el peso de sus decisiones.

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La Pata de Mono II

A la mañana siguiente, todos comenzaron su rutina diaria. Mientras desayunaban, nadie mencionó nada sobre lo sucedido la noche anterior, especialmente el padre, pues temía que lo tildaran de loco. Así que conversaron como de costumbre durante toda la mañana. Finalmente, el hijo se despidió para ir a trabajar. Las horas pasaban, y el padre se sentía cada vez más inquieto, sin poder asimilar el movimiento y la extraña sensación que le había dejado la pata de mono. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando su esposa notó a un hombre que rondaba cerca de la casa, titubeando como si no estuviera seguro de entrar. La esposa lo observó durante unos momentos, hasta que el hombre, por fin, decidió avanzar por el pasillo que llevaba a la puerta y tocó. La mujer lo recibió amablemente y se disculpó por su vestimenta, explicando que estaban vestidos para trabajar en el jardín. El hombre, bien vestido pero visiblemente nervioso, comenzó a hablar. Ellos empezaron a sospechar que tal vez su visita estaba relacionada con el deseo que habían pedido la noche anterior. El hombre, tembloroso, pidió disculpas por su mensaje y les rogó que no se enojaran con él, pues solo estaba cumpliendo con su trabajo. Les explicó que venía de la fábrica donde trabajaba el hijo de la pareja. La noticia los tomó por sorpresa, y la esposa, angustiada, le suplicó que le dijera qué había ocurrido. Finalmente, el hombre, con tono solemne, dijo: “Su hijo tuvo un accidente. Eso es todo lo que puedo decir, pero ya no va a sufrir más”. Esas palabras fueron suficientes para que la esposa entendiera la situación de inmediato. El padre, aún impactado, no comprendió del todo hasta que el hombre añadió que, aunque la empresa no se hacía responsable, quería otorgarles una indemnización en reconocimiento a los años de servicio de su hijo. Exaltado y con una sonrisa nerviosa, el padre preguntó cuánto era el monto de la indemnización. El hombre, con pena, respondió en voz baja: 200 monedas.

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La Pata de Mono I

Esta es una historia que leí recientemente del autor William Wymark Jacobs (W. W. Jacobs), y me gustaría compartirla en este sitio, ofreciendo una pequeña reseña o, mejor dicho, un resumen parafraseado con algunos aportes propios. La historia comienza con una familia esperando a alguien en su casa; esta familia estaba compuesta por el padre, la madre y el hijo. Desde la tarde hasta la llegada de la noche pasaron algunas horas, y a medida que el sol se ocultaba, la paciencia de todos comenzaba a agotarse. Finalmente, llegó la noche, y con puntualidad también llegó aquel a quien tanto esperaban: un hombre de profesión militar, un soldado. Aunque era un hombre sereno y de expresión taciturna, relataba a la familia historias y maravillas de sus experiencias por el mundo, y de paso les vendía algunos artículos que traía consigo de sus viajes. Entre los objetos que tenía, llevaba una pata de mono que, según contó, había obtenido en la India. Se decía que la pata poseía poderes mágicos que le había conferido un brujo mediante rituales especiales. Según la leyenda, la pata de mono concedía tres deseos; solo había que levantarla y formular el deseo para que este se cumpliera. Sin embargo, aclaraba que los deseos debían ser lógicos y razonables, y nadie hasta ahora había intentado pedir algo fantástico, como volar. La pata, momificada, despedía un aroma peculiar, aunque no desagradable. Cuando la familia mostró interés en la pata, el soldado les advirtió seriamente que no tomaran el asunto a la ligera, pues su uso traía consigo consecuencias. A pesar de sus advertencias, la familia no se dejó intimidar y prefirió pensar que todo era una superstición sin sentido. Luego de algunas horas, el hombre se fue, dejando atrás la pata y otros objetos, así como muchas historias fascinantes que la familia disfrutó. Más tarde, ya acostados, el padre, escéptico, miró a su esposa e hijo, quienes se reían incrédulos por haber pedido un deseo a la pata de mono. El deseo fue simple: 200 monedas para aliviar algunas de sus deudas. Los tres rieron, creyendo que no era más que una tontería. Todos se fueron a dormir, pero el padre, mientras reflexionaba, no pudo evitar recordar que, al pedir el deseo, la pata de mono se había movido ligeramente. Este detalle le dejó una extraña sensación, un cosquilleo en la nuca, como si una advertencia de peligro o de una catástrofe inminente se activara en su interior. Temeroso, se largó a dormir, sin saber lo que el destino trágico le aguardaba.

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