El colgado
Era verano de 2010 cuando llegamos a la casa de mi abuelita en Ecatepec, Estado de México. Saludé a mi familia con normalidad. Mi abuelita, una mujer de carácter fuerte pero con un corazón noble, nos recibió y nos mandó al segundo piso para que escogiéramos habitación. Mis hermanos mayores, como era de esperarse, se apresuraron a adueñarse de la mejor habitación. A mí me dejaron con el cuarto que antiguamente solo servía para guardar los adornos de Navidad y otras festividades. Desde el primer momento, aquella habitación me hizo sentir incómodo, como si su ambiente cargado de años de abandono pudiera respirar por sí mismo.
En ese entonces tenía miedo de estar solo y, peor aún, de dormir solo. Traté de convencer a mi hermano mayor de que me dejara quedarme con ellos, pero él simplemente cerró la puerta sin molestarse en escucharme. Conforme el sol desaparecía y las sombras invadían la casa, el pasillo comenzó a teñirse de un aire pesado, como si algo invisible estuviera vigilando cada rincón. Me senté en el suelo, dudando entre buscar a mis padres o quedarme allí, cuando escuché unos pasos lentos que venían subiendo las escaleras.
El sonido resonaba en el pasillo vacío, cada pisada amplificaba mi nerviosismo. Cerré los ojos, mis manos temblaban. Entonces, una voz familiar rompió el silencio: "¿Pasa algo?". Con el corazón acelerado, abrí los ojos y me encontré con mi primo, quien había venido a pasar unos días con nosotros. Una ola de alivio me recorrió. Ahora al menos no estaría solo en esa habitación.
Mi primo y yo nos pusimos a platicar. Le confesé mi miedo y él, con una sonrisa tranquilizadora, me dijo que no había de qué preocuparse; él estaría conmigo. Después de algunas risas y bromas que relajaron el ambiente, nos dispusimos a dormir. Entramos al cuarto, nos cobijamos y apagamos las luces. Todo parecía estar en calma hasta que desperté bruscamente a eso de las 2 a.m.
El cuarto estaba extrañamente frío, como si el verano hubiera sido arrancado de la noche. Miré hacia el ventanal, donde la luz de la luna apenas alcanzaba a iluminar el vidrio polvoriento. Sentía una opresión en el pecho, un presentimiento de que algo estaba mal. Fue entonces cuando la vi: una figura oscura, suspendida frente al cristal, meciéndose lenta y macabramente. Una soga se enroscaba alrededor de su cuello, tensándose con cada balanceo. Quise gritar, pero el miedo me paralizó. La figura se balanceaba, deteniéndose de vez en cuando como si me estuviera observando, antes de retomar su movimiento inquietante.
Desesperado, giré hacia mi primo y traté de despertarlo. Lo zarandeé con fuerza y susurré su nombre repetidamente, pero él no se movió. Seguía profundamente dormido, como si el frío y la opresión del cuarto no le afectaran. Al ver que no reaccionaba, me invadió una sensación de soledad absoluta. No pude dormir el resto de la noche. Permanecí acurrucado bajo las cobijas, con los ojos fijos en el ventanal, esperando con cada fibra de mi ser que amaneciera.
Cuando por fin salió el sol, le conté a mi primo lo que había visto. Pero él no me creyó. Me dijo que seguramente todo había sido un mal sueño o que me lo había imaginado. Intenté insistirle, pero al final dejamos el tema y seguimos con nuestras cosas como si nada hubiera pasado. Durante el día, todo parecía tranquilo, pero, cuando llegó la noche y nos preparamos para dormir otra vez, los dos sentíamos una inquietud que no podíamos explicar. Esta vez, mi primo no se mostró tan seguro como la noche anterior.
Como a las 2 de la madrugada, el frío volvió, helando cada rincón del cuarto. Mi primo se despertó de repente, y al verme, sus ojos estaban enormes. "¿Lo ves?", me dijo casi en un susurro. Giré la cabeza hacia la ventana, y ahí estaba otra vez. La misma figura oscura, balanceándose con esa cuerda en el cuello, moviéndose igual de aterrador que la noche anterior. Ninguno de los dos podía apartar la mirada. Nos quedamos despiertos toda la noche, sin decir una sola palabra, viendo cómo esa cosa continuaba con su macabro balanceo, siendo testigos de algo que no tenía explicación.
Con el tiempo, mi tío empezó a notar el miedo que teníamos hacia ese cuarto y lo que contábamos sobre el ventanal. Un día decidió revisar bien por qué se veía ese movimiento. Después de un rato, se dio cuenta de que había una rama que, con el viento, parecía balancearse justo enfrente de la ventana, creando la siniestra ilusión que habíamos visto. La cortó sin dudarlo y, al principio, todo volvió a la normalidad. Pero, como si algo oscuro habitara en ese lugar, un día regresó. La sensación de ser observado, el frío inexplicable y esa figura inquietante en la ventana volvieron a aparecer.
Esta vez, no había rama alguna que pudiera explicar lo que veíamos. Su presencia era más opresiva, más real. El balanceo de la figura era más lento, como si quisiera asegurarse de que la viéramos con claridad. Fue la última noche que pasamos en ese cuarto.
Después del fallecimiento de mi abuelita, la casa se vendió. Hasta el día de hoy, no sabemos qué pasó realmente, pero la historia de esa casa quedó marcada como un misterio que siempre nos acompañará.